Se dice con frecuencia que el trabajo del patólogo es subjetividad basada en la objetividad. Y es cierto. Nuestro trabajo tiene mucho de interpretativo. Toda entidad patológica, a nivel microscópico, tiene un patrón tipo que la caracteriza, una especie de prototipo en torno al cual gravitan infinitas variaciones más o menos alejadas de la imagen ideal. Esto, que vale para todo tipo de lesiones, es especialmente cierto en el caso de las neoplasias. Cuanto más cerca del modelo, más fiable es el diagnóstico (y más aliviado queda el patólogo!). Cuanto más alejado del modelo, más difícil nos resulta cerrar un diagnóstico único identificando un fenotipo celular concreto. Es entonces cuando ofrecemos el diagnóstico que nos parece de mayor probabilidad y añadimos uno o más diferenciales.

Fig.1 Tinción inmunohistoquímica sobre una sección de intestino utilizando un marcador de célula epitelial (AE1/AE3). La positividad se aprecia en color marrón. Se aplica un suave contraste con hematoxilina (azul) para teñir el resto de estructuras que de otra forma quedarían en blanco.

Una técnica que usamos con frecuencia los patólogos para paliar estas dificultades es la tinción inmunohistoquímica (IHQ). Nos permite identificar tipos celulares de una forma objetiva mediante la detección de proteínas específicas. De esta forma podemos clasificar como carcinoma una neoplasia muy pobremente diferenciada si obtenemos positividad tintorial para proteínas específicas de células epiteliales. O podemos clasificar como de tipo T o de tipo B un linfoma, algo imposible mediante valoración visual únicamente.

¿Pero qué son y cómo funcionan estas tinciones? Las técnicas de IHQ tienen  su origen más remoto en los años 40 del siglo pasado, si bien no es hasta la década de los 70 que reciben su mayor empuje y empiezan a aplicarse al diagnóstico anatomopatológico. Hoy en día son rutina en patología humana. En nuestro caso no hablaría de rutina, ya que por el eterno problema de los costes las limitamos a casos muy concretos.

Fig. 2 Esquema de la técnica de inmunotinción. El anticuerpo primario (2) se adhiere al antígeno buscado (1). Sobre él se añade un anticuerpo secundario (3) y, para agrandar toda la estructura, se añade un complejo Avidina-Biotina (4). Finalmente se induce un viraje cromático mediante una reacción química catalizada por peroxidasa.

Su fundamento es muy simple. Y muy ingenioso. Si no ves algo pequeño, agrándalo. Si no ves algo incoloro, coloréalo. Pero, ¿cómo agrandar algo tan pequeño como una proteína y, además, de forma selectiva? Aquí viene la parte ingeniosa: enganchándole una cadena de anticuerpos (de ahí el nombre de “inmuno”). Habitualmente se emplean tres etapas:
1.- En un primer paso se aplica un anticuerpo fabricado para reconocer la proteína que buscamos. Por ejemplo, un anticuerpo que reconozca una proteína presente sólo en linfocitos T (CD3). O presente sólo en células musculares (miosina, actina). O presente únicamente en células gliales (GFAP). Hay centenares de anticuerpos comerciales dirigidos contra otras tantas proteínas concretas.
2.- En un segundo paso añadimos un anticuerpo que reconoce anticuerpos y que se unirá, por tanto, al que hemos añadido en el primer paso. Menos complicado de lo que parece si miramos la figura x. Pero aún no tenemos una estructura suficientemente grande.
3.- Para amplificar aún más la cadena que hemos creado con anticuerpos usamos un complejo compuesto por Avidina (una

Fig. 3 Inmunotinción de linfocitos T (CD3) en un linfoma cutáneo epiteliotrópico de tipo micosis fungoide. La clonalidad celular (T o B) es una característica de la mayor parte de linfomas.

proteína presente en la clara de huevo) y por Biotina (un coenzima del complejo vitamínico B). Ambas moléculas tienen una gran afinidad mútua, formando un complejo tridimensional de gran tamaño. La biotina va incorporada al segundo anticuerpo. La avidina la añadimos posteriormente.
Bien, ya hemos amplificado considerablemente nuestra proteína (en el caso de que esté presente en el tejido!). Ahora sólo falta darle color para hacerla visible al microscopio. Para ello se emplea una reacción química que transforma una sustancia soluble e incolora en otra insoluble y de color marrón. Dicha sustancia es la diaminobencidina (DAB), que se añade como último paso. Allí donde encuentre complejo Avidina-Biotina, precipitará y dará color.

Fig. 4 Tinción específica de células endoteliales (anticuerpos anti-Factor VIII, una proteína presente en este tipo celular). En el centro, una estructura vascular con marcaje específico del endotelio. En el interior, numerosos eritrocitos con algo de tinción inespecífica.

El resultado final de la tinción, además de resultar visualmente bastante estético, es súmamente útil. Tanto que con frecuencia los patólogos lamentamos no poder recurrir a ella con más asiduidad.