El núcleo celular es un elemento básico en el diagnóstico citológico, tal vez la estructura que aporta más información. Al mismo tiempo es también fuente de trampas diagnósticas.

Fig. 1. El núcleo aporta mucha información al citólogo, pero también es origen de trampas diagnósticas, como esta imagen de falsa atipia en células fibroblásticas, producto de una intensa estimulación inflamatoria.

Es imprescindible para el citólogo conocer las alteraciones nucleares fisiológicas y sus ocurrencias, los estados de actividad nuclear aumentada o disminuida y las morfologías correspondientes.
Del núcleo valoramos su tamaño, su forma, el patrón que adopta la cromatina y la estructura y número de los nucléolos.
Tamaño y forma del núcleo.
 El núcleo celular alberga la información genética. Su tamaño y su forma son relativamente constantes y homogéneos en situaciones de normalidad, mientras la célula realiza sus funciones habituales. Sin embargo, en situaciones de anormalidad su tamaño y forma pueden verse alterados.

Cuando el daño es externo (inflamación, irritación mecánica, tóxica o metabólica) la célula pone en marcha más mecanismos de transducción génica, lo cual implica desplegar más cromatina, lo que a su vez se traduce en un aumento global del tamaño nuclear. Como esta hiperfuncionalidad es más o menos ordenada, el aumento de tamaño es relativamente homogéneo para una población celular dada, sin que haya grandes anomalías morfológicas.
Cuando el daño es neoplásico, por el contrario, no existe uniformidad de una célula a otra y se aprecian mayores irregularidades de forma.
Para la correcta valoración del tamaño y la forma nuclear es imprescindible conocer los tipos, tamaños y formas fisiológicas del tejido estudiado.
En muchos casos se pueden tomar como referencias tamaños de núcleo conocidos (eritrocitos unas 7-8 µm, neutrófilos unas 10-14 µm, etc).
El tamaño del núcleo puede aumentar en diversas situaciones fisiológicas. Por ejemplo, en estados de reactividad o en casos de maduración celular, como un epitelio mamario en fase estral. En estas situaciones debe valorarse el aumento simultáneo del volumen de citoplasma.
En lesiones de tipo displásico el aumento de tamaño tiende a ser uniforme para una población celular dada, leve a moderado en intensidad y sin demasiadas anomalías de forma (membranas nucleares lisas, sin indentaciones ni vesiculaciones).
En lesiones de tipo neoplásico el aumento de tamaño tiende a ser heterogéneo (lo que llamamos anisocarosis), con formas de núcleo variables (pleomorfismo). Globalmente, cuanto más indiferenciada es una neoplasia (es decir, cuanto más “maligna”) mayor grado de anisocariosis y pleomorfismo puede observarse.
El aumento de tamaño nuclear en algunas neoplasias no siempre es indicativo de malignidad. Ejemplos claros son el histiocitoma cutáneo benigno o el seminoma testicular, ambos con grados de anisocarosis y pleomorfismo elevados (Fig 2).

Fig. 2. Falsa atipia en un Histiocitoma cutáneo. Anisocariosis moderada, pleomorfismo, irregularidades de contorno nuclear y mitosis atípica (arriba, izquierda).

La situación inversa también existe: en algunas neoplasias malignas el grado de atipia nuclear (anisocariosis + pleomorfismo) es bajo, con relativa homogeneidad de formas y tamaños (carcinomas de tiroides, algunas formas de linfoma) (Fig. 3).

Fig. 3. Falsa benignidad citológica en un Carcinoma de tiroides. Núcleos de tamaño relativamente uniforme, de contorno liso, nucléolos inaparentes.

Cromatina. Distribución y características.
 En situaciones de reactividad y neoplasia los elementos intranucleares (ADN y proteínas) sufren cambios importantes.
En situaciones de normalidad hay un equilibrio y una imagen de homogeneidad entre la eucromatina (de aspecto fino y claro, es el ADN transcribible) y la heterocromatina (cromatina compactada, basófila, es el ADN en reposo, no transcribible).
En situaciones de reactividad nuclear (metaplasias, displasias e hiperplasias) se aprecia un incremento de la basofilia y un patrón de distribución cromatínico más irregular, con más grumos.
En casos de neoplasia este incremento se hace aún más patente, más exagerado, debido al incremento de la cantidad de ADN y proteínas.
Valoramos también la existencia de mitosis. Sin embargo, más que el número o la frecuencia, valoraremos la morfología. La citología no es una buena herramienta para determinar el índice mitótico de una lesión, pero sí nos permite detectar formas mitóticas atípicas o aberrantes.

Fig. 4. Mitosis atípica, de tipo “explosivo”. Los cromosomas pierden orientación y polaridad y son supernumerarios.

Nucléolo.
Es indicativo del estado metabólico de la célula (síntesis proteica).
Más que el tamaño del nucléolo de forma individual, debe valorarse la forma y el pleomorfismo, el número de nucléolos por núcleo y la variabilidad numérica que presentan dentro de la población celular.
En general, las lesiones neoplásicas malignas muestran nucléolos más grandes, más pleomorfos, más irregulares en su forma y con una variabilidad numérica más marcada que en procesos reactivos o en lesiones neoplásicas benignas.
Es importante remarcar que valoramos más la intensidad de estos factores que su simple presencia o ausencia.

Fig. 5. Nucléolos anormales, de tamaño y formas variables, procedentes de un melanoma maligno.